Canal Roya
El paisaje no es solo una sucesión de rocas, árboles y montañas. El paisaje es también cultura, material o inmaterial, es el peso de la historia y la acumulación de millones de pasos que han hecho sendero.
Sobre esta inconmensurable obra de arte, el ser humano ha ido cambiando su mirada con el paso del tiempo.
En los albores de la Edad Media, cuando todavía el cristianismo no era una ni mucho menos una moda, la naturaleza y su paisaje eran concebidos como dioses. En el s. VI, Martín de Dumio se quejaba desde Galicia de que los hombres “unos adoran al sol, otros a la luna o a las estrellas, otros al fuego, otros al agua subterránea o a los manantiales de las aguas, creyendo que todas estas cosas no habían sido creadas por Dios para uso de los hombres, sino que, nacidas de sí mismas, eran dioses”. Ésta era una concepción animista, de respeto y admiración hacia la naturaleza. Y también holística, pues consideraba a cada uno de los elementos del paisaje como parte de la propia familia, otorgándole vida propia.
El triunfo del cristianismo con su teocentrismo militante, convirtió a la naturaleza en una obra de dios al servicio del hombre: la naturaleza estaba ahí porque Dios la había creado para que la aprovecháramos. Esta visión era utilitarista, sí, pero con una consciencia radical de los propios límites y de la necesidad de conservarla para su supervivencia, como demuestran las numerosas normas que velaban por la protección de los ríos o de los bosques. Sirva de ejemplo, y los hay muchos, cómo en el año 1258 las Cortes de Valladolid promulgaron la siguiente norma: “Cualquiera que corte o desgarre o queme pinos en los pinares o encinas en los encinares de los concejos para realizar siembras, que lo maten y además pierda todos sus bienes”.
El liberalismo económico, con la racionalidad capitalista, convirtió el paisaje en un recurso al servicio del mercado (“más madera, que es la guerra”) y dinamitó cualquier atisbo de límites. Frente a esta forma de pensamiento siempre hubo resistencias populares e ilustradas. Un caso paradigmático fue el empeño de los franceses Ramond y Briet, y del español Pidal, en proteger el Valle de Ordesa. Declarado Parque Nacional en 1918, las amenazas contra su integridad continuaron con un intento de construir una presa en medio del valle. Por eso fue que en 1921 Pidal envió una carta al Ministro de Fomento exigiendo la paralización del proyecto ya que “Un Santo Cristo con un par de pistolas hace mayor maridaje que un parque nacional con un salto de agua aprovechado”. Esa presa finalmente no se construyó.
Hoy, igual que hace 100 años, igual que en el siglo XIII, necesitamos normativas para proteger nuestros espacios naturales y, entre ellos, debemos proteger ya la Canal Roya.
La Canal Roya no es solo un paisaje: es un símbolo. Es el comienzo del reino y del río Aragón. Es un museo del glaciarismo y del megalitismo. Y es también un ejemplo de desprotección por parte de las autoridades y diana de megaproyectos, que tienen su origen en el tardofranquismo y que continúan hasta nuestros días en forma de “unión de estaciones”. Para ellos da igual que en 10 ó 15 años ya no se pueda esquiar, lo que les importa son todos los proyectos paralelos de construcción: carreteras, urbanizaciones, chalets y hoteles. Su objetivo es despojar el territorio y usar el paisaje como decorado de nuevos proyectos especulativos. El nuestro, la declaración de Parque Natural.
Publicado originalmente en «A Tiro de Piedra» ISSN 2603-7300, noviembre de 2023















