Highlands (Escocia) en invierno
Las montañas son bonitas siempre, pero cuando más crudas y salvajes se muestran es en el otoño y en el invierno. En primavera y verano son amables, con sus flores y temperaturas suaves, pero en el invierno, más solitarias, más complicadas, parecen más reales.
En noviembre tenía una semana libre y quería aprovecharla para fotografiar paisaje. Desde el primer momento Escocia apareció bien arriba de la lista que me hice y, cuando empecé a preparar el viaje, en seguida me di cuenta de que había elegido bien, pero que para disfrutarlo más necesitaría una camper para poder moverme con libertad.

Cogí la furgoneta en Edimburgo.
Los primeros 10 minutos de caos fueron para acostumbrarme a conducir por el otro lado. Los siguientes 10 minutos, ya en un supermercado, para llenar la nevera de cerveza y comida. La siguiente hora para llegar a las Highlands. Y desde ese momento, en que empecé a conducir por las highlands, con sus carreteras sinuosas y estrechas, rodeadas de montañas, bosques y lochs, supe que esta sería una aventura que recordaría durante mucho tiempo.

Conducir por las estrechas carreteras escocesas fue emocionante… y a veces poco cómodo. Todo el mundo conduce mucho más rápido que tú y sientes que entorpeces el tráfico, pero nadie se enfada, ni te pita. Esperan amablemente a que te apartes para poder adelantarte. Es difícil poder hacer un análisis del pueblo escoces, y es que entre esta ocasión y la anterior apenas he pasado un mes por tierras escocesas, pero desde luego que llama la atención, desde el primer momento, que son gente extremadamente educada y amable. Y no sólo por su paciencia en la carretera, sino en el aeropuerto, las tiendas, gasolineras, etc… Siempre tranquilos, dispuestos a ayudar y con el please y thank you en la boca.

Otra de las cosas que me sorprendieron de los escoceses es que, en contra de lo que supuestamente dice la teoría, no hablan inglés. Teóricamente sí, pero en la práctica es otra cosa lo que hablan. Sólo cuando pones cara de zapato te hablan en un inglés que puedas comprender.
La libertad de la camper
Una vez que paras en alguno de los miradores puedes apreciar plenamente la belleza del paisaje invernal. Ahora, sin los nervios de la conducción, ves los primeros copos de nieve sobre las cumbres, dándole un aspecto mágico y sobrenatural a las montañas. En las faldas de la montaña, mientras tanto, el otoño resiste y sigue decorando de rojo y naranja el paisaje. Desde la lejanía, asistes a un baile de nubes y lluvia. De vez en cuando, un tímido rayo de sol se cuela y pinta la montaña. Son esos momentos de luces de montaña con los que soñamos todos los fotógrafos y que cuando los vives son sobrecogedores.
La camper tiene sus ventajas, como aprovechar hasta las últimas horas del día y dormir en el punto exacto donde realizarás el amanecer, reduciendo los madrugones. Eso sí: El frío nocturno es jodido. Aunque la furgoneta tiene calefacción, por la noche no puedes dejarla puesta, porque el ruido y el calor te despiertan. Tienes que tirar de saco y aguantar, pero la verdad sea dicha, tenía un buen aislamiento que hacía que la temperatura interior no bajase de 11º cuando fuera hacía 1º.

Agua
El paisaje escocés podría resumirse como agua sobre la que emergen cosas: castillos, montañas o bosques: el agua parece ser el elemento que une toda esta geografía. Con alzar la vista un poco en seguida aparecen pequeños cursos de agua, que pronto confluyen y desembocan en riachuelos, que con otros acaban en lochs. Pero el agua no siempre está a la vista y a veces recorre el territorio en secreto, como en Devils Pulpit, cuando parece ocultarse en un profundo cañón.

Otras veces, cuando forma los famosos lochs, su presencia es, simplemente, imposible de ocultar y es completa y absoluta.

Aunque iba con muchas fotografías hechas ya en la cabeza de los lugares típicos, y tenía localizaciones perfectamente señaladas, también tenía zonas marcadas para recorrerlas y ver qué pasaba. De esta forma pude montar un recorrido con puntos fijos y seguros, en los que sabía a qué hora estar y dónde, junto con zonas cercanas por las que pasar horas dando vueltas.
Castillos

Uno de esos lugares marcados en rojo en el mapa eran los castillos. No se puede ir a Escocia sin tomar una fotografía de alguno de los muchos castillos que salpican sus colinas y valles. Los hay de todas las clases y de todas las épocas, pero los que más nos gustan a los fotógrafos son esos castillos que están un poco abandonados, porque así son más románticos y emocionantes.

Huts, refugios
Y luego están los huts escoceses, también conocidos como bothys: un refugio de montaña que se encuentra en las zonas rurales de Escocia. Los huts son pequeñas cabañas de madera o piedra que se utilizan como refugios temporales para excursionistas que recorren la zona. Algunos son verdaderas casas… y otros son poco más que una cabaña. Estos refugios suelen estar ubicados en lugares aislados y representan espectacular hito en el paisaje. Con sus paredes blancas y sus tejados de pizarra constituyen una postal típica de las abruptas Highlands escocesas.

Una de las zonas en las que podrías pasarte una vida haciendo fotos es en Glen Coe, que en invierno es realmente un espectáculo para los sentidos. La belleza de esta región escocesa es simplemente indescriptible. Cuando el frío y el viento soplan a través del valle y las montañas se cubren de nubes… el paisaje se transforma en una verdadera obra maestra. Los picos se elevan hacia el cielo mientras que los fríos arroyos brillan como cristales bajo la luz del sol.

El valle está recorrido por una carretera, pero una vez que la abandonas y te adentras en el valle la sensación de inmersión en la naturaleza es completa. Y si encima te metes en uno de esos ríos para hacer una fotografía te conviertes en paisaje.

Al meterme dentro del río para fotografiar Buachaille sentí una mezcla de emociones. Por un lado, estaba emocionado de tener la oportunidad de tomar fotografías únicas y sorprendentes desde un ángulo diferente. Sin embargo, al mismo tiempo, sentí el frío y la presión al meterme en el agua fría y corriente del río.
A pesar de llevar botas de agua, el agua fría te hace sentir un escalofrío y la presión del agua te recuerda lo vulnerable que somos. Frío y presión a parte, me concentré en mi cámara y comencé a buscar el mejor lugar para tomar la fotografía. La belleza de la montaña cubierta de nieve y el paisaje circundante me dejaron sin aliento, y me hizo olvidar temporalmente el frío y el agua.

Sin embargo, después de un rato, comencé a sentir el frío en mis dedos y me di cuenta de lo peligroso que podría ser si me quedaba demasiado tiempo en el agua. El frío empezaba a complicarme demasiado los movimientos y ya estaba demasiado dentro del río, así que, con un poco de tristeza, tomé mis últimas fotografías y salí del río, agradecido por la experiencia, pero también aliviado de estar de vuelta en la seguridad de la orilla.

La verdad es que, y como era de esperar, tuve poca suerte con el tiempo. De los siete días de viaje dos estuvo lloviendo casi todo el día y, amaneceres y atardeceres buenos… solo tuve uno. Aunque ya sabía que eso era a lo que iba. Y ese amanecer bueno me pilló en la Isla de Skye.

Isla de Skye

Llegar a la isla de Skye es maravilloso. Las carreteras se encajonan entre valles, lochs y, de repente, aparece el océano. Estar en la isla de Skye es estar un poco en el final del mundo. No hay nada más allá y el agua te rodea por todas partes, y eso se nota en las fotografías.

Fue en Old Man of Storr donde tuve el único amanecer soleado, aunque con un frío terrible, claro. Con la ventaja de la camper llegué el primero y abrí yo camino… con la mala suerte de una vez arriba meterme por donde no tenía que haberme metido, pero quizás gracias a ese error me traje alguna fotografía no tan común de esta zona.

El atardecer fue en otra localización icónica, el faro de Neist Point. Allí me encontré con vientos de 80km/h, una velocidad de viento contra la que nunca había tenido que pelear, y es que caminar se convertía en una auténtica proeza, y sujetar la cámara con el trípode casi un milagro. Ni esperé al atardecer, con esas condiciones ni siquiera podría dormir. Era el momento de volver.

