Italia

El cine, la literatura, la historia… todas estas artes han construido una imagen de Italia en nuestra retina. La Roma imperial, con sus foros, sus túnicas y sus bacanales. El Vaticano de la Contrarreforma, con su barroco tremendo y sus actos de fe. La Nápoles de la Corona de Aragón, de la pizza, y de la mafia.
Estas recreaciones que pintamos en nuestro imaginario auguran sin lugar a dudas un buen porrazo en el aterrizaje, porque Italia es un poderoso caos que habla Mediterráneo y que viste elegante pero que te reta constantemente, y más en la era postcovid y del infierno climático.
Amalfi, Italia
Roma
Mi última imagen de Roma era la que Paolo Sorrentino desveló en su “La Grande Bellezza”, la magnética Roma de las noches golfas, de los amaneceres trasnochados y de los deambulares a las orillas del Tíber.

Y lo que te encuentras es una Roma llena de basura hasta los topes que se acumula sin misericordia por todas las calles. Por si fuera poco, y a pesar de que todavía es junio, el calor se hace insoportable y pegajoso y la única solución que existe es echarse la siesta y esperar. Al atardecer te dispones para la passeggiata, tú y los otros 10 millones de turistas que recibe Roma cada año. Sales del hotel y se desparrama sobre ti una atmósfera pesada y cargada con una bruma de contaminación y de fuegos lejanos. Es el verano en la era del calentamiento global: insoportable e invivible.
Con todo esto perderse por los callejones reconforta. Caminas por sus calles secundarias con sus adoquines pulidos por miles de pasos y de vez en cuando encuentras bares y restaurantes donde no hay que hacer cola. Allí el menú está escrito sólo en italiano, como en una antigua charcutería que encontramos perdiéndonos por los alrededores de la magnífica Plaza Navona. Esta charcutería ahora regentada por el nieto de quien la pusiera en marcha, sirve selectos embutidos sobre tablas de madera para nuestro deleite. Prosciuto, quesos y otros embutidos cuyo nombre no recuerdo, todos buenísimos. Hay vida más allá del jamón querido compatriota español.

Recorrer callejuelas, descubrir grandes plazas, glorias benditas arquitectónicas, y comer. Y beber, porque otra cosa no, pero fuentes en Roma hay miles y algunas de ellas conservan completamente la fontanería romana de hace dos mil años. Aquí va un consejo para vivir una experiencia cento per cento romana y gratuita: Beber de la Fuente de la Barcaza, en la Plaza España, una fuente que se sirve del acueducto romano Acqua Virgo. Esto es la experiencia gratuita más fresca que puedas hacer. El acueducto, finalizado el 19 a.C., trae su agua desde 20 km de distancia y con solo 4 metros de desnivel desde su origen hasta su llegada a Roma. Un auténtico prodigio que hace que al beber agua de esa fuente sepa a Gran Civilización.
Y después de cenar, o antes, o con cualquier excusa, no puede faltar el gelato, que ahí da igual donde lo pidas: estará siempre bueno, cremoso y sabroso.

Nápoles
Llegar a Nápoles es llegar a otro mundo. Es una ciudad que todavía no ha sido colonizada por el turismo homogeneizador, y que se niega a obedecer a un buen puñado de leyes.

De precios más contenidos que Roma, Nápoles está despierta, mucho más que los somnolientos turistas que la paseamos. Por eso es importante estar alerta porque la creatividad con la que intentan estafarte y engañarte es rica y variada. Vimos todo tipo de engañuflas: facturas a mano en la que no se entendía ningún concepto salvo el importe final, funcionarios de estaciones de trenes que se olvidaban de darte los cambios, ausencia total de precios en supermercados para cobrarte luego lo que quieran… No cesan.

Nápoles tiene una piel decrépita que muestra en sus edificios descorchados y sus calles destartaladas pero su sangre es joven. Cuenta con una de las poblaciones más jóvenes de Europa y eso se nota en el ambiente de las calles vivas, alegres y llenas de bares y terrazas donde tomarse una cerveza.
Y por dentro, y a pesar de lo que parece, es amable y bellísima. Sus iglesias, y eso que yo de normal no entro a ninguna, son exuberantes. Sus museos, especialmente el arqueológico, cuenta con una de las mejores colecciones… y de las más divertidas.
Y sus restaurantes, con sus pizzerías, coronan a Nápoles como la ciudad a la que hay que volver.


Costa Amalfitana
La gran trampa de barrotes de oro, eso es la Costa Amalfitana.
Sorrento, Positano, Amalfi, Minori, Ravello, Cetara… son un conjunto de bellísimos pueblos de pescadores fundados en la noche de los tiempos que se precipitan desde acantilados y barrancos hacia el mar. Están conectados, ahora, por una carretera que serpentea por los acantilados y donde adelantar a otro vehículo es una proeza táctica. La agricultura allí es heroica y se desarrolla sobre bancales arrebatados a los acantilados en forma de terrazas,que una tras otra se desploman hacia el mar sin solución de continuidad. Sobre ellas se cultivan, todavía hoy, limoneros y algunas hortalizas de temporada.



Estos pueblos de vértigo hartos de una vida tan complicada han decidido ganarse la vida de otra forma mucho más sencilla: en vez de exprimir limones para fabricar su famoso limoncello, ahora exprimen al turista.

Desde que arranca tu viaje por esta joya natural tienes la sensación de que has entrado en una cara joyería de la que no podrás escapar sin haber gastado algo… y probablemente más de lo que esperabas. Todo cuesta dinero y mucho. Los aparcamientos, si encuentras, hasta 8€/h. Una auténtica estafa legal, porque no hay donde aparcar el coche y muchas veces están llenos. Les sobran los turistas y siempre habrá alguno que quiera pagar más.

Los supermercados son auténticos estafas legales. Los productos, sin precios, cuestan lo que decida el mercader de turno que te va a cobrar. La cena en una terraza al lado del mar, sí, pero a pie de carretera también, no costará menos de 60€ por persona.
Hay excepciones y hay trucos pero no te lo pondrán fácil. Si acaso allá nuestra recomendación: Atrani y Cetara. Dos pequeños pueblos donde el turismo todavía no se lo ha tragado todo y donde quizás puedas encontrar aparcamiento público en la zona azul a dos euros la hora. Atrani, con su pizzería en la Piazza Umberto I, que abre solo al pranzo y que lo atienden una pareja de italianos es, sin duda, la última reliquia auténtica que la modernidad no ha arrebatado a ese rincón irredento.

A dos horas de coche Paestum. Si Pompeya te pareció muy fuerte… ¿Qué tal un templo griego con más de 2.500 años de antigüedad que todavía está en pie?.

La era postcovid nos ha devuelto a las calles atestadas de turistas y ha acelerado la uniformidad de todo lo turistificable. Suma el cambio climático, que lo ha envuelto todo en una apestosa y pegajosa masa sudorienta. Pero con todo eso, sigue mereciendo la pena recorrer las grandes piazzas y descubrir esa magnífica obra de arte que es en general Italia, sus edificios, sus calles, sus pizzas y sus helados. Porque mires donde mires, estarás siempre ante alguna obra cumbre.

