Fuerteventura

Fuerteventura es una isla descarnada, doliente. Es seca, sin árboles a la vista, y con un viento impenitente que barre con fuerza unos suelos sin más protección que el polvo que levanta. Fuerteventura es un esqueleto que estremece.

Cerca del Mirador Astronómico de Sicasumbre

Muy pronto, casi antes de pisar la isla y ya desde la misma ventanilla del avión, te das cuenta que es una isla sin relieve casi, ondulada y suave. Y aunque comparada con Tenerife o La Palma, Fuerteventura resulta más plana que un desierto, no hay que dejarse llevar por las apariencias.

Mirador Astronómico de Sicasumbre

Supongamos que una vez que hemos bajado del avión, recogido las maletas y mostrado el PCR, cogemos un coche y empezamos nuestro viaje conduciendo hasta lo alto del Mirador Astronómico de Sicasumbre. La sorpresa llega pronto: nos encontramos con una carretera que de repente serpentea y trepa hasta unos modestos 231 m que, sin embargo, nos hacen sentir ante un puerto pirenaico de primera categoría. Desde allí, ver el atardecer es un espectáculo en todas las direcciones hacia las que mires. Y desde allí descubres algo que hasta ese momento no habías visto: el color de la tierra. Fuerteventura es tierra de miles de colores, esculpidos por milenios de erupciones volcánicas que desde las entrañas de la tierra han regurgitado toda clase de minerales. Así nos encontramos con los negros volcánicos del Bayuyo, los rojos de la Montaña Bermeja, los verdes del malpaís, los amarillos de las dunas, los naranjas de las rocas plutónicas y matices de todos por cualquier lado.

Mirador Astronómico de Sicasumbre

Ver el atardecer es un espectáculo, sí, pero también es un suplicio. Fuerteventura hace honor a su nombre: Fuerte viento. No fuerte: fortísimo. De una fuerza que no refresca sino que hiela. De una intensidad que tumba el trípode de la cámara. Quizás nosotros tuvimos mala suerte en la semana que estuvimos, quizás fuese la peor semana del año… o quizás sea siempre así. Avisado quedas.

Mirador Astronómico de Sicasumbre

Si eres amigo de las carreteras secundarias, si los puertos de montaña son tu recreo y si sabes lo que es poner una eslinga a tu coche, tu ruta continúa hacia la FV-30, carretera que sube hacia el Mirador de las Peñitas. Estamos a 338m y te preguntas cómo estando tan bajo pueden ser las carreteras tan aéreas. De todas formas… seamos sinceros por un momento, las carreteras están en perfecto estado, hay espacio de sobra para conducirlas y solo requiere un poco de paciencia. 

Cerca del Mirador de las Peñitas

Agua

Fuerteventura estremece por su sequedad, pero no solo. A su manera y con una inmensa dignidad es una isla bellísima si nos despojamos de prejuicios estéticos y le damos una oportunidad al desierto. Un paisaje puede ser fantástico, aunque sea un erial y no haya un solo río en la isla.

Por la isla no verás ni río ni torrente ni siquiera un triste charco. No hay agua, salvo la inmensidad del océano, claro está. Aunque lo intentaron. En 1925, en el boletín de la Real Sociedad Geográfica ya se informaba de una represa arruinada en Las Peñitas (Fuerteventura), que debería ser una construcción más artesanal que otra cosa.

En 1937, un año no muy bueno para empezar cualquier empresa en una España que se batía entre el fascismo y la República, los majoreros reiniciaron la reconstrucción o recrecimiento de la presa del Barranco de las Peñitas, el único tramo de la isla por donde, de vez en cuando, pasaba algo de agua. Era, además, dada su encajonada geografía, el lugar perfecto donde la construcción podía resultar relativamente sencilla al contar con un desfiladero natural. Como era de esperar… la cosa no acabó como estaba planificada y los 30 metros proyectados se quedaron en 21. 

Al parecer la obra se hizo sin cemento ni cimientos, usando simplemente mampostería y mortero de cal, apoyando la obra sobre las rocas plutónicas que emergen en la zona. En una isla con tanta erosión, sin vegetación que evite que el suelo sea barrido día y noche por ese impenitente viento, los sedimentos se empezaron a acumular en el pantano a la misma velocidad que los señores de la isla extraían agua del pantano a su antojo. En los 50, los majoreros pedían a gritos la limpieza del fondo y poco después se dio al pantano por perdido. Ahora, completamente colmatado, es un pequeño oasis de tarajales, palmeras y aves que anidan en una de las pocas zonas de Fuerteventura en la que pueden encontrar sombra y refugio.

Mirador de las Peñitas

Este espectáculo se puede contemplar desde varios sitios. El Mirador de las Peñitas, a un lado de la carretera, es sin duda un lugar fenomenal para ver como el sol se oculta hacia el mar. 

Embalse de las Peñitas

También puedes recorrerlo a pie y remontar el cauce seco hasta coronar el pantano. El camino empieza desde un pequeño oasis, donde se conservan algunas de las palmeras más antiguas de la isla y donde aún se practica algo de agricultura. 

Embalse de Las Peñitas

Muy pronto empiezas a adentrarte por el desfiladero y pisas la roca desnuda sobre la que se asienta la presa. En ese momento, vimos un grupo de franceses bajando con auténtico pavor por entre las rocas, agarrándose a las piedras como si estuvieran descolgándose de un precipicio. Teniendo experiencia en picos de más de 3.000m, y haciendo gala de nuestra ancestral inquina hacia el vecino galo… nos reímos de ellos. Poco, porque cuando tuvimos que pasar por la misma zona donde estaban ellos descubrimos que la piedra estaba absolutamente pulida y era imposible caminar sobre la misma… salvo que seas una cabra, claro. Y cabras hay a cientos, a patadas.

Embalse de las Peñitas: Ermita y una cabra.

El problema del agua en esta isla es un verdadero acertijo, por decirlo de forma suave. De norte a sur, de este a oeste solo ves polvo, arena y campos yermos… bueno sí, y urbanizaciones y campos de golf, que también los hay en medio de este desierto. Es lógico pensar que para regar esos campos de golf tan necesarios para el desarrollo humano hoy se utilicen desaladoras, pero, y hasta ahora… ¿De dónde sacarían el agua? ¿Cómo regarían los pocos campos que tenían?

Embalse de las Peñitas

La clave está en las gavias, un sistema de aterrazamientos, muy similares a los que vemos en el Pirineo por ejemplo. Estas gavias son unas superficies de cultivo planas y aterrazadas, con muros de piedra y tierra, y una entrada y una salida de agua. Cuando tras las lluvias el agua baja bullendo por los barrancos, completamente desbocada porque no hay vegetación que la retenga, es conducida mediante una sucesión de gavias que la retienen. Una vez la terraza se ha inundado el agua pasa dulcemente a la siguiente. Así, el agua se infiltra lentamente dejando un buen tempero en la tierra para después poder sembrar y, además, se evita la pérdida de suelos por erosión. Hoy en día toda esta cultura se ha perdido en favor del monocultivo del turista y de la importación de vegetales de otras zonas donde la agricultura no requiere de tales heroísmos. Aun así, todavía se cultivan algunas parcelas y el esquema puede seguir adivinándose, como se puede ver en la siguiente fotografía que tomamos desde el Mirador de Guisguey. Mientras estábamos esperando el atardecer, empezamos a escuchar a lo lejos que alguien estaba organizando una buena jarana. Al bajar del mirador, y orientados por cantos y acordes, encontramos el bar donde unos vecinos estaban celebrando el Día de Canarias. Con el disimulo descarado del que es habitual nos colamos en el bar y nos sentamos frente a una pareja de octogenarios vestidos con su traje de majorero, que lucían con altísima dignidad mientras se tomaban su café con leche. Al lado, otro grupo formado por sus vecinos más jóvenes, tocaban la guitarra y cantaban. Allí, lejos de las playas, de los grandes centros turísticos, en ese rincón y a esa hora, comiendo el típico guiso de cabra majorero, parecía que se abría un paréntesis en la continuidad del espacio-tiempo y sentimos por un momento estar fuera de ese fenómeno arrasador que es el turismo de masas (y del que todos formamos parte).

Mirador de Guisguey

Los volcanes, claro, los volcanes

Fuerteventura, como toda isla canaria, tiene sus volcanes. Lo que ocurre es que en esta isla, al ser geológicamente una anciana, sus volcanes están muy disimulados, apagados y suavizados por miles de años de erosión y de vientos impenitentes. Para que nos hagamos a la idea: hace 15 millones de años Fuerteventura tenía montañas tan altas como el Teide, pero terremotos, deslizamientos y años de erosión han modificado su relieve hasta lo que es hoy.

Tindaya

El más famoso de todos puede que sea Tindaya, montaña sagrada para los antiguos pobladores, que la cubrieron con más de 300 grabados podomorfos. Esta montaña es de un incalculable valor arqueológico y simbólico y es también el escenario de uno de los proyectos más esperpénticos de la arquitectura-espectáculo contemporánea.

Tindaya

En la década de los 80, el artista Chillida, después de sufrir una suerte de revelación, decidió materializar un sueño. Su deseo consistía en intervenir Tindaya para alumbrar un monumento a la tolerancia. Su mesiánica intervención consistía en vaciar, dentro de la montaña, un cubo de 50 metros de altura, anchura y profundidad. El coste, calculado en 75 millones de euros, debía ser pagado en una suerte de colaboración público privada un poco peculiar. La parte privada nunca apareció… salvo para pedir que los costes corriesen a cargo de la parte pública y que ya ellos, si acaso, se quedarían con la explotación económica del monumento una vez inaugurado. La parte pública… que no sabe muy bien que hacer todavía. Aunque Coalición Canaria sí apoyó esta obra (no hay nada que le guste más a un concejal que ver desfilar hormigoneras hacia su pueblo), los “gamberros e incultos” (Chillida dixit) de los vecinos, ecologistas, arqueólogos y conservacionistas se opusieron frontalmente. Afortunadamente, el proyecto parece que ya nunca se realizará, pero entre estudios, sondeos, tribunales, corrupción con la venta de la piedra extraída y más gaitas ya se han gastado casi 30 millones de euros.

Tindaya

Otros volcanes visitables y unos de los pocos sobre los que se puede volar el dron (casi toda la isla está protegida) son los del Bayuyo, que en lengua originaria (amazigh) tiene también un sentido espiritual y que se podría transcribir como “nubes encantadas u objetos flotantes”. Estos volcanes, alineados a lo largo de una falla, tienen 135.000 años de antigüedad y ampliaron la isla en algo más de 100km cuadrados. Al ser relativamente jóvenes la caldera se conserva muy bien y se puede subir a contemplarla.

Volcanes del Bayuyo
Volcanes del Bayuyo

Subir el dron en Fuerteventura es situarlo ante una de sus pruebas más duras. El viento en seguida iguala la propia potencia del dron y éste exige descender para poder ser controlado; si no, amenaza con perderse en el océano para siempre. Ante esta situación no queda otra que obedecer a la máquina o despedirse para siempre de la cámara con alas.

Volcanes del Bayuyo
Vista desde los Volcanes del Bayuyo

Otros piratas fueron los que saquearon Montaña Bermeja, un antiguo volcán del que se extrae una piedra roja de mucha calidad. En este caso unos piratas mudos, porque la licencia de extracción está concedida por silencio administrativo y sin estudio de impacto ambiental. Aunque teóricamente sólo se puede extraer en pequeñas cantidades para uso artesanal y sin exportar, los vecinos denuncian la presencia de grandes camiones que acarrean grandes bloques hacia el puerto.

Montaña Bermeja

Las Dunas de Corralejo

Capítulo aparte se merecen las Dunas de Corralejo, más de 2.000 hectáreas de dunas formadas por la erosión de conchas. Fueron muchos los amaneceres que fui a intentar fotografiar algo digno. Lo cierto es que para mí era una suerte de ejercicio de artesanía, pues buscaba encontrar alguna composición atractiva entre ese mar de arena, algo que me resultó bastante complicado. Afortunadamente estaba a apenas media hora del alojamiento, lo que facilitaba visitar las dunas con tanta continuidad. Con los primeros rayos del sol el viento comenzaba a lanzar arena contra la cámara y yo sufría de pensar cómo se estarían colando esos millones de granitos por todas y cada una de las rendijas de la cámara.

Dunas de Corralejo

Allí, rodeado de arena, intenté buscar formas geométricas que aparecían con los primeros rayos del sol y que enseguida desaparecían cuando el sol orbitaba más vertical.

Tantos días pasé que algo raro tuve que vivir… y fueron cuatro gotas que cayeron de las nubes y que, aunque no fueron a más, a mí me sirvieron para decir que he visto llover en el desierto.

Lluvia en el desierto

Pero si algo llama la atención, encoge el alma y anuda el estómago es la Playa de Cofete. Sólo la preparación ya asusta: tienes que cruzar la isla hasta llegar al extremo sur y allí coger una pista, casi mitológica, de la que se oyen y leen mensajes alarmistas. “Solo se puede ir en 4×4”, “las empresas de alquiler no permiten meter los coches por allí”, “son 20km por una pista infernal”. Y de todo esto sólo una cosa es verdad: que es una pista de 20km que se hace larga, sí, pero que se puede recorrer con cualquier vehículo y con un poco de experiencia.

Al llegar por fin al aparcamiento te encuentras ante una de las playas salvajes más bonitas del mundo. La mirada se pierde hacia todos los lados salvo hacia tus espaldas. Allí se levanta el Pico de la Zarza, la montaña más alta de Fuerteventura, que con sus 807 metros hace que algunas nubes se amontonen contra su cresta, esperando a teñirse de rosa al atardecer. A izquierda y derecha, todo es playa.

Al fondo, Villa Winter

Bajo el pico se encuentra la más misteriosa aún si cabe Villa Winter, una solitaria casa sobre la que se construyen más y más leyendas: que si fue una guarida secreta de los nazis en su huida hacia América Latina, que si fue una estación secreta durante la Segunda Guerra Mundial para los submarinos alemanes, que si dispone de túneles, búnkeres, quirófanos y hornos crematorios.

En fin, querido viajero, aquí acaba esta historia. Si decides visitar Fuerteventura recuerda mirar los colores de sus tierras y prestar poca atención a los vientos, o te volverán loco.

Playa de Cofete

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