La Palma

¿Sabes lo que es pisar un suelo recién hecho? Eso es La Palma, una isla de tierra joven recién nacida: es algo que notas cuando, bajo las suelas de las botas, oyes crujir el suelo.

En esta isla, siendo tan nueva como es, la erosión todavía no ha hecho mella y las aristas son vivas y las pendientes pronunciadas. Será por eso por lo que puedes estar tomando un café escuchando las olas y viendo el mar, montarte en el coche, empezar a subir y acabar en menos de una hora en ese otro mundo que está arriba de la Caldera de Taburiente: el Roque de los Muchachos, por encima de las nubes.

Al llegar al Roque de los Muchachos, de repente, te das cuenta de que estás en otro planeta. Por un lado, se descubre un escenario propio de una película de ciencia ficción con edificios que deberían ser antenas o telescopios y por el otro lado ves el cráter de la Caldera de Taburiente. Allí, el suelo se desploma ante tus pies desde los 2.426m hasta los 600m en pura caída vertical, en una sucesión de barrancos y paredes en cuyas cimas descansa algún pino desafiante. A esta altura el viento sopla como un demonio, fuerte y frío. La melosa temperatura de la playa ya no existe y recuerdas que estás en alta montaña: sí, en las Canarias.

Si esperas un poco, ves el atardecer y la cascada de nubes que se precipitan sobre el lado sur de la isla. Estas nubes se producen cuando el viento húmedo asciende por la cordillera de Cumbre Vieja, lo que provoca que se enfríe, formándose las nubes de esa forma. Al llegar a la cumbre, las nubes caen por el lado sur, calentándose y desapareciendo. Es un espectáculo que recuerdas para siempre.

El Barranco de las Angustias es la garganta por la que desagua la Caldera de Taburiente. Es una salida de emergencia en medio del magnífico cráter, una grieta por la que el agua escapa, casi siempre tranquila hacia el mar. Es a través de este pequeño portal geológico por el que nos colamos hasta el centro de la Caldera. Cuando andas por la misma te sientes un enano: a tu izquierda y derecha las paredes de la caldera crecen verticales hasta el infinito, los pinos canarios, grandes y orgullosos, te empequeñecen más aún.

Pero no es que La Palma sea geológicamente joven, es que algunas partes nacieron ayer, como Teneguía, el volcán que entró en erupción en 1971. Cuando subes a la cresta del volcán sientes vivir un privilegio inmerecido al pisar un suelo que cuenta tan solo con 50 años y bajo el cual, hace un lustro, estaba el mar. Aquí la erosión es que ni siquiera se ha enterado de que tiene trabajo pendiente. El suelo son las entrañas de la tierra recién vomitadas, es un malpaís contra el que el aire fuerte amarga cualquier intento de vida. Mires por donde mires sólo ves negros volcanes extintos y nada más. O casi. En este escenario postapocalíptico crece la tozuda malvasía, esa viña que, a base de muros y de adaptaciones, los agricultores palmeros consiguen florecer.

Si lo árido de sus volcanes te sorprende, la explosión de vida que son sus bosques directamente no te la puedes creer. ¿Cómo es posible que una isla tan pequeña reúna en su geografía paisajes marcianos como los áridos volcanes y a la vez verdes y frondosos bosques?

A apenas una hora del volcán de Teneguía están los últimos bosques de laurisilva de este planeta, que hace más de 20 millones de años se encontraban en la cuenca mediterránea pero que las glaciaciones fueron empujando hacia África. Cuando las glaciaciones retrocedieron, el desierto avanzó, arrinconando estos bosques en zonas muy concretas como la cara norte de La Palma… y ahí es donde todavía perduran como verdaderas reliquias ecológicas. Estos bosques huelen a humedad y fertilidad. Estos bosques suenan a cantos de miles de pájaros y a canales de agua que, construidos por el hombre, la conducen hasta poblaciones y cultivos. Son bosques tranquilos, donde el viento que azotaba en cumbres y volcanes aquí da un respiro. La humedad se siente y penetra y el sol aquí es tímido. La sorpresa es mayúscula cuando te encuentras con la Cascada de los Tilos.

Toda isla tiene playas y si las islas canarias son famosas por algo es por sus playas. No es el caso de esta isla. Las playas en La Palma no son ni muy acogedoras ni muy grandes. Son playas expuestas al aire y a la fuerza del océano. Y, además… no tienen la apreciada arena dorada. Lo que tienen estas playas es arena negra (de evidente origen volcánico), charcos (piscinas naturales formadas en oquedades resultantes de alguna erupción) y barrancos. Aproximarse a alguna playa en La Palma es iniciar un descenso a los infiernos o al centro de la tierra. Las cuestas desafían a los frenos de tu coche, la cabeza se te pega al volante, las curvas son, unas cerradas y otras más cerradas todavía. Solo al final llegas a la playa, casi con más estrés y cansancio del que una buena sesión de arena pueda curar.

Pero no siempre nos encontramos la playa y a veces lo que vemos es incluso mejor. En Fuencaliente, ese espacio lo ocupa una salina de mil colores coronada con un faro, un escenario perfecto para ver el atardecer.

O el Poris de Candelaria, un antiguo puerto pirata según la leyenda, todavía demasiado escondido, pequeño y recóndito para que esté masificado, pero de una belleza que duele.

También hay rocas con todas las formas posibles, con sus pescadores, sus huecos por los que el agua entra y sale creando formas maravillosas… Todo esto está ahí esperando a que tú las descubras. Y date prisa, porque el siguiente volcán que entre en acción puede ser en La Palma.

Por cierto, la fotografía de portada está hecha con un móvil. ¿Lo habías notado?

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