Ibón del Sen

Este 29 de enero de 2024 amaneció frío y seco. Apenas había nevado en un par de meses. Aramon abría sus pistas de esquí enfangadas, ni siquiera la nieve artificial conseguía blanquear un poco sus vergüenzas. Para nosotros, que queríamos llegar al Ibón del Sen (2.351m) y verlo helado, la falta de nieve nos aseguraba que la pista de aproximación iba a estar bastante despejada y no nos equivocamos.

Empezamos a andar a los 1.676m sin prisa y con buen tiempo. Al llegar a los 2.200m hizo presencia la nieve, primero como pequeñas manchas blancas, luego como grandes neveros (calzamos crampones) y finalmente, ya casi en el ibón, resguardado por las Agujas del Sen, nieve de un metro de espesor. Nieve blanca, limpia, sin pisar.

Llegamos hasta el ibón sin apenas complicaciones. Lo encontramos completamente helado y escoltado por las Agujas del Sen (2.850m) que constituyen un gran anfiteatro.  Estábamos solos y sin viento. Amortiguados por la nieve, no se oía nada. Silencio absoluto. Nos sentamos a descansar y entonces, cuando por fin recuperamos la respiración, empezó el espectáculo.

Un estruendo suena a lo lejos, como un trueno, pero el cielo está despejado y ese sonido viene desde la profundidad del ibón. Era el hielo, que calentado por el sol, presionaba en todas las direcciones. El ibón estaba crujiendo, gutural, atávica y profundamente. Sonaba a roto, seco, muy grave y fuerte, amplificado por ese magnífico anfiteatro de piedra. Suena una y otra vez, desde todos los lados del ibón, propagándose hacia nosotros. Miramos al ibón y allí no se ve ni se mueve nada… Hasta que de repente una roca se desprende desde las laderas. 

Arranca otro tipo de sonido. 

Empieza con la roca desprendiéndose y chocando con la pared, dos golpes fuertes pero lejanos que retumban, agudos, en la caja de resonancia. Conforme la roca aterriza contra la ladera va arrastrando más rocas y piedras que se unen como una coral. Lo que empieza como un par de golpes se convierte, a los pocos rebotes, en una orquesta de piedras que reverberan las unas contra las otras, hasta que finalmente se detienen, ofreciendo un prolongado siseo, casi como el ruido del mar, apagándose poco a poco.

Y así, sin orden alguno, la orquesta de rocas y hielo del Ibón del Sen nos ofrece un concierto único e irrepetible para nosotros solos. Una auténtica experiencia.

Esta es la historia de nuestra visita al Ibón del Sen, pero cada ibón tiene su propia historia. La vía láctea de los ibones de Anayet, la tormenta que me sorprendió en el ibón de Escarpinosa, los ruidos de un oso en el ibón de Plan, una aurora boreal sobre el Ibón de Acherito… Pero querido amigo, amiga, aquí solo tenemos espacio para una historia, así que con esta historia, pero con muchas más fotografías de otros muchos ibones, me despido, invitándote a descubrir la tuya.

Los ibones son sistemas muy complejos y delicados que podemos romper si nos bañamos en ellos, al contaminar sus aguas con nuestro sudor y cremas solares. Por favor, no te bañes en los ibones.

Publicado originalmente en A Tiro de Piedra 16, ISSN 2603-7300. Diciembre de 2024

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