Nueva York

Entre el 25 y el 31 de diciembre de 2018 estuve en Nueva York. Este artículo del blog te mostrará algunas fotos de ese viaje junto con algún comentario de las mismas. Salieron unas 10.000 fotos, de las que he seleccionado unas 100.

En vez de publicar todo el texto de vez lo iré haciendo por capítulos, para no aburrir tanto al amable público que tome su tiempo en leer estas líneas.

A través de mis redes sociales iré avisando de la publicación de los siguientes capítulos.

Gracias por tu paciencia. Espero que te guste.

José Andrés López, 18 de febrero de 2018.

Cosas de la modernidad: casi todos los puestos callejeros son halal

Nueva York huele a comida rápida, a fritanga: pero con matices. En ocasiones huele a patata frita pero si giras la esquina el olor se vuelve dulce. Dos metros más allá es otra la cocina y entonces huele a quemado. Sí, NYC huele a comida rápida, mala, poco saludable y deliciosa. Ése debe ser el olor del glutamato. Es verdad.

Volver a Nueva York

Ya había estado en Nueva York hace 11 años con una beca del Ministerio de educación para aprender inglés. Por aquella época tenía una prehistórica Canon 1000D y sabía muy poco de fotografía. Ahora que sé un poco más decidí volver y poner en práctica algo de lo que había aprendido.

Normalmente estas cosas se preparan con tiempo, pero lo cierto es que todo fue un poco improvisado y rápido. Descubrí que volar los días 25 y 31 de diciembre era muy barato así que en primer lugar elegí la fecha. Luego empecé a barajar varios lugares (Canarias y Nueva York principalmente) y finalmente, durante la cena de empresa, le conté el plan a un compañero de trabajo. Le pareció una idea interesante y el 5 de diciembre compramos los billetes para nosotros dos (yo e Iván) y para su compañera (Cinta). Mi billete salió por casi 500€ porque facturé una maleta ya que me quería llevar el trípode bueno, ese con el que puedo desviar un río o derrumbar una muralla.

Queens-Manhattan

Como estaba bastante sucio de haberlo metido en mares y ríos y chirriaba estridentemente decidí limpiarlo. Pensaba que sería algo sencillo, al fin y al cabo ¿qué puede llevar un trípode? Cuatro tornillos y tubos… ¿no? No. Sólo para desmontarlo tuve que comprar dos destornilladores especiales. Al final se me echó el tiempo encima y tuve que montarlo el día de antes, o sea, el 24, sin haberlo limpiado. Al llegar el primer amanecer descubrí, con todo dolor de mi alma y de mi corazón, que ese trípode por el que había pagado 140€ para facturarlo, que había desmontado para limpiarlo y montado a toda prisa sin limpiar… estaba incompleto: me había dejado una pieza en Zaragoza.

Un amanecer espectacular

Tampoco me duró mucho el orgullo dolorido porque el amanecer fue espectacular. Unas nubes altas que no estorbaban el horizonte por el que debía aparecer el sol anunciaban un amanecer épico. Llegué casi de noche y ya había dos fotógrafos más. Esperamos a que amaneciera cruzando los dedos y deseando que las nubes se quedaran como estaban. Y salió el sol y cumplió con su promesa. De repente todo se iluminó de rosa. Empezó por atrás y poco a poco, conforme el sol ascendía y sobrepasaba el horizonte, fue iluminando el cielo entero hasta que de repente, el sol superó totalmente el horizonte y las nubes dejaron de tener ese color y se convirtió en un día gris más que sólo unos pocos locos pudimos verlo y disfrutarlo. Allí coincidí con Javier de la Torre, un fotógrafo español magnífico a quien reconocí por la voz de haberle escuchado en podcasts y con quien luego pude tomar un café y hablar con él. Os animo a visitar su instagram, facebook o web. ¡Javier, te debo una cerveza!

Fotografía callejera en Nueva York

Nunca había hecho fotografía callejera. Era, y es, algo que me supera en muchos sentidos, me apabullaba, me desconcierta. Me parece una fotografía muy complicada de realizar desde el punto de vista técnico, compositivamente y además tenía ciertas reticencias éticas hacia ella.

Técnicamente resulta difícil porque, aunque parezca contradictorio, hay que usar ciertos automatismos de la cámara y yo, que siempre la llevo en manual, no sabía configurarla bien. Me explico: en fotografía de paisaje es fácil configurar la cámara y además tienes tiempo. Montas el trípode, diafragmas a f8 para conseguir una buena profundidad de campo, bajas la sensibilidad todo lo que puedes, enfocas, calas filtros y luego, después de todo, ajustas la velocidad. Todo ese proceso puede durar media hora. En el caso de la fotografía callejera (street photography ¡Moderno!) tienes una décima de segundo para componer, enfocar y disparar y más te vale que el resto de parámetros estén bien configurados porque, si no, te has quedado sin fotografía… Así que hay que recurrir a los semiautomatismos. En mi caso forcé un ISO bastante elevado y fijé profundidad de campo, siendo la velocidad de disparo lo que la cámara decidía en el ejercicio de su libertad de algoritmo desde su autodeterminación matemática.

¿Cómo componer este tipo de fotografías? Adaptándome. El primer método consistía en buscar un buen fondo y esperar que pasase algo. Es lo que hacía Cartier-Breson. Y es en el fondo la base de la fotografía de paisaje. Buscas un buen fondo, localizas un buen primer plano, compones y esperas la luz.

Esta fotografía podría formar parte de ese método: el fondo, con sus letreros en chino, el depósito de agua y el anuncio del nuevo iPhone me llamaron la atención, las luces duras aportaron momento y sólo quedaba esperar al cruce de peatones.

En otras ocasiones el método es mucho menos romántico: ves algo que te llama la atención y vas a por ello. Es el caso de esta fotografía de un señor transportando lo que parece una corona funeraria. En cuanto lo vi, empecé a seguirle, adelantándolo 50 veces para esperar que 51 veces pasara a mi lado, al acecho tras lo que me parecían fondos atractivos. Intenté además practicar el barrido: seguirlo con la cámara para tener enfocada la corona y el resto borroso. De todas las fotografías que le disparé esta fue la que más me convenció. No entré al entierro.

Como buen observador que eres, ya te habrás dado cuenta de que estamos en Chinatown, barrio que elegí por sus calles angostas y retorcidas, coloridas y por lo peculiar de sus gentes. Fue una suerte de ejercicio que me había obligado a realizar para aprender y practicar esta técnica de la fotografía callejera, y también porque, la verdad sea dicha, entre el amanecer y el atardecer poco paisaje puedes hacer.

A no ser que llueva, claro. O a no ser que fotografíes interiores. Pero esa es otra historia que contaremos más adelante.

Lo cierto es que Chinatown me sorprendió. Pensaba encontrarme un decorado para turistas, como acaso ya lo es todo Manhattan, pero no fue así. Sus comercios, sus gentes, sus negocios… todo era muy asiático y poco tourist-friendly. Los letreros o los cartones que marcaban los precios estaban en chino. Y aunque estuvieran en inglés, creo que tampoco los compraría ningún turista pues los productos que vendían no eran algo comprable y transportable en una maleta. Sus restaurantes chinos, atiborrados de gente, no mostraban una sola concesión al turista y todos sus salones, todos, estaban llenos de chinos.

La misma sensación tuve al visitar su parque (Columbus Park) en el que, según las guías de viaje, “los chinos hacen sus cosas”. Supongo que lo habrás leído en muchas guías de viaje eso del “típico lugar comunitario”… que en realidad significa espacio público turistificado y ofrecido al visitante pack-de-vuelo-más-hotel para que sienta una experiencia de “estar en otro lugar y otra época” y conmovido por ello compre algún souvenir fabricado a miles de kilómetros… o se tome un café en esa “típica” plaza a 18€, llena de sillas y mesas. Son esos espacios carentes de vida indígena y que se han convertido en un mero escenario del que la Plaza San Marcos podría ser quizás el máximo exponente.

Algo así pensaba encontrarme en ese parque y lo que vi fue algo real, en el que el único que estaba de paso era yo. Allí los chinos jugaban al mahjong (una especie de juego de damas), practicaban Tai Chi y, sentados en los bancos, charlaban tranquilamente. Me senté en los bancos y me quedé a disfrutar plácidamente de lo que allí sucedía.

¡Ah! Y la ética… los dilemas éticos de la fotografía callejera… Pues son en concreto los que en general me acribillan cada vez que saco la cámara.

El fotógrafo es un superturista, una extensión del antropólogo que visita a los nativos y regresa con noticias sobre sus exóticos haceres y estrafalarios haberes. El fotógrafo siempre está intentando colonizar experiencias nuevas o descubrir nuevas maneras de mirar temas conocidos para luchar contra el tedio”. Susan SONTAG, Sobre la fotografía, 1973.

Cada vez que hago una fotografía, salvo en retrato, siento que estoy contribuyendo a la turistificación y gentrificación de ese lugar, cosificándolo y envolviéndolo con un bonito lazo dispuesto para agencias de viaje, compañías de vuelo… y al final del todo poniendo en el mapa un barrio o un lugar que por su belleza puede ser la siguiente víctima del dúo piqueta-hormigonera sobre el que construir una bonita urbanización. Ya hay varios fotógrafos que han dejado de citar las localizaciones donde han tomado la fotografía y lo hacen precisamente por eso, por evitar las masificaciones… y también porque algunos de ellos viven (legítimamente) de tours fotográficos a los que llevar a sus clientes.

El dilema se acentúa cuando fotografías a alguien por la calle sin que lo sepa y sin que quiera… ¿Qué derecho tenemos a hacer eso? ¿A robarle su intimidad y dignidad? ¿A convertirlo en un producto más que colocar en nuestras redes sociales? Lo resolvemos de una manera muy rápida: “estoy creando arte y belleza”. Es obvio que no me lo creo, que a mí no me lo aplico, pero como excusa me lo trago muy bien.

¿Y si llueve?

Cada día, conforme se acercaba la fecha del viaje, miraba el parte meteorológico una y otra vez esperando que se confirmara un día de lluvia. Y llovió. Y ese día les dije a mis compañeros de viaje que no me esperasen, que iba a estar todo el día fotografiando.

Los días lluviosos son fantásticos para fotografiar: los colores se saturan, aparecen reflejos, puedes incluir la lluvia en tu fotografía, hay charcos y paraguas y la luz es suave. Como tituló Eduardo Blanco Mendizabal (fotógrafo famoso por sus reportajes sobre las Bardenas Reales) “Fotografiar con mal tiempo: una buena idea”.

Lo malo de salir a fotografiar con lluvia es, obviamente, la lluvia. Refugiado bajo una cornisa en Times Square, esperaba al cambio de semáforo, secando la cámara con una bayeta que tenía que cambiar cada dos por tres porque acaba igualmente mojada.

Como ves la cámara se moja mucho y a veces da un poco de miedo o de pereza sacarla. En esas ocasiones podemos utilizar nuestro teléfono móvil.

Nueva York. Fotografía móvil
Fotografía realizada con el teléfono móvil

El día de lluvia empezó en Grand Central, fotografíando la estación desde fuera. Esta fue la primera fotografía que tomé con trípode en mitad de una calle de todo el viaje. La verdad es que tenía cierto temor de lo que pudieran pensar al ver que en mitad de la calle alguien sacaba un trípode, una cámara y se quedaba media hora ahí quieto haciendo fotos. En fin, se oyen muchas historias… y otras te las montas tú en la cabeza. De lo que me di cuenta ese día fue de que en la calle no les importa mucho que hagas fotos con trípode. ¿Pero y en los interiores?

Grand Central, Nueva York

O, como la llamaba Iván, mi compañero de viaje, “la estación de las bombas” porque en todas las películas en las que aparece Nueva York, algún malvado terrorista ha colocado una bomba en esta estación, o bien los detectives deben realizar alguna persecución por sus interiores. Y es que no es de extrañar la adicción por esta magnífica obra de la arquitectura. Su monumentalidad sobrecoge al viajero, pero sin asustarlo, sus líneas son soberbias pero no transmiten pesadez. Una de las escenas más famosas rodada en esta estación puede que haya sido “Los intocables de Eliot Ness”, cuya escena más famosa puedes ver aquí.

Grand Central, inaugurada en 1903 y construida según el estilo Beaux-arts, es la estación del mundo más grande por número de andenes, con 44 en total. Recibe más de 500.000 visitantes al día y en ella se pierden 2.000 objetos al día.

Las estaciones de tren y de metro son una joya para los fotógrafos, porque te permiten captar el pulso de la vida de una ciudad. Pero no son los fotógrafos el único colectivo privilegiado por estas oportunidades que genera la movilidad humana. El colectivo de los arquitectos también puede beneficiarse de esta necesidad proyectando estaciones que sean útiles a los viajeros y además bellas. Este es el caso de la recientemente inaugurada estación “Oculus” diseñada por el famoso escultor valenciano Calatrava. Lamentablemente, los neoyorquinos no supieron valorar bien la belleza de este espacio y algunos medios como el New York Post lo calificó de “mausoleo” o de ser “la estación más fea del mundo”. Tampoco valoraron que sólo duplicara su presupuesto inicial llegando a los 4.000 millones de dólares. O que con las primeras lluvias importantes ciertas goteras permitieran a los viajeros sentir el contacto con la naturaleza dentro de tan magnánimo edificio. Con el tiempo aprenderán a valorarlo.

Los taxis de Nueva York

Uno de los iconos de Nueva York está en peligro de extinción. Durante 2018 se ha producido en la ciudad de Nueva York una epidemia de suicidios de taxistas. Ocurre que una licencia de taxi costaba un millón de dólares, para la cual muchos taxistas se hipotecaban de por vida. A pesar de ello podían vivir dignamente y ofrecer educación y sanidad a su familia, que como sabéis en EE.UU. es de pago. La razón de los suicidios es, como ya imaginaréis, la irrupción de coches de alquiler con conductor (Uber, Lyft, etc…), que han hundido en deudas y arruinado a los taxistas. Incapaces de hacer frente a los préstamos por la bajada de la demanda, acaban suicidándose. Fotografía tomada en Times Square.

Los taxis de Nueva York

Locas experiencias en el metro de Nueva York

Una de las experiencias más locas me pasó el día que íbamos a fotografiar el atardecer desde el Rockefeller Center. Había programado muy bien la visita: había comprobado el parte meteorológico elegí un día con nubes al atardecer, pero no muy cubierto. Había seleccionado el lugar: el Rockefeller es el único rascacielos al que puedes subir sin tener que enfrentarte con un cristal que arruine tus fotografías y por ello es muy preciado por todos los fotógrafos. Y también había comprobado la hora exacta para llegar: tres horas antes del atardecer. Subimos tan pronto porque los gestores del edificio lo saben: es el mejor sitio para fotografiar el atardecer de Nueva York. Por eso, dos horas antes del atardecer el coste pasa de 40$ a 50$, así si quieres ver al atardecer pagas más y por supuesto los trípodes están prohibidos. Pero claro… no cuentan con la picaresca española.

La picaresca española, prima hermana de la leyenda negra, hunde sus raíces en la oscuridad de la noche, en siglos atávicos de antes de la historia. La picaresca española es más antigua que la propia nación española. Por eso los españoles suben tres horas y diez minutos antes para ahorrarse esos 10$… y para coger sitio, porque de nada sirve subir a fotografiar el atardecer si tienes un vulquete de turistas delante tuyo. No, necesitas estar en primera línea.

Dicho y hecho, pasamos una mañana muy agradable en el MoMA (en el que otrora trabajase Luis Buñuel) y con cuatro horas de antelación me fui al apartamento a dejar el trípode a buen recaudo. Había comprado un minitrípode especial que sí dejaban pasar (gorillapod) y lo iba a estrenar allí. Con total felicidad me monté en el metro y de repente empezó la magia.

El metro se puso en modo express, es decir, se salta 10 paradas de golpe, siendo la de mi apartamento en la que estaba a punto de bajarme la primera en saltarse. Y no puedes hacer nada, sólo ver estaciones pasar y tú, en el metro, con cara de idiota, esperando que pare de una maldita vez para volver sobre tus pasos. Cuando por fin paró, en la profundidad de Queens, emergí del subterráneo para cambiar de sentido y ya en la calle me di cuenta de que era el único blanco en todo lo que mi vista alcanzaba. Estaba catando una parte de la verdadera Nueva York en el que el único extraño era yo, pero ese no era el momento para experiencias en la quinta dimensión.

Ya en el metro, de vuelta otra vez hacia el apartamentos eché cuentas: Era imposible pasar a dejar el trípode, no me daba tiempo, así que directo al Rockefeller y a cruzar los dedos para que me dejen pasar no con uno, sino con dos trípodes. O que no lo viesen o dar pena o todo junto.

Había quedado con Ivan y Cinta a las tres de la tarde en la puerta del edificio… con tan mala suerte que había varias puertas y no nos encontramos. Entre que encendí el roaming y le llamé para juntarnos (20€ una llamada de menos de un minuto…) tardamos 30 minutos más.

Empezamos a hacer cola, les expliqué la situación y me encomendé a los dioses de todas las religiones, pero por si acaso, al pasar el escáner puse el trípode boca abajo para que no lo vieran (los vigilantes, obviamente el escáner… lo vé) y lo fui tapando todo el rato.

Pasé todos los controles: sí, inexplicablemente, no con un trípode, sino con dos. Al llegar a la terraza (había que subir tres pisos) localicé la posición que me interesaba (mirando hacia el downtown). Ahora, un poco tarde según la planificación, tocaba esperar a que algún turista se fuera de la primera linea. No esperamos ni 30 segundos, de repente un grupo se fue y ocupamos la posición con rapidez. Lloré. Y a esperar el atardecer.

Estas fotografías han sido realizadas con el 10-22mm y con el 70-200mm, apoyándome como podía sobre una especie de columna o metiendo el objetivo entre los cristales protectores que había en los pisos inferiores. Algunas de estas fotos son panorámicas compuestas por varias fotografías en las cuales me he vuelto loco intentado poner las líneas rectas. Nunca había pasado tanto tiempo pegado a una foto y no sé si merece la pena, la verdad es que me aburre soberanamente.

Y como en la canción de Sabina, nos dieron las 10, las 11 y las 12 y la 1 y las 2. Resistimos contra viento y frío, otros turistas y sus codos… y los agentes de seguridad que al llegar al atardecer insistían en que hiciéramos la foto y nos fuéramos. Acabamos saliendo los penúltimos de allí. Pero con una felicidad que ni los dos trípodes serían capaces de soportar.

La política

Es imposible abstraerte de la política estés donde estés, no sólo porque el turismo sea acaso uno de los fenómenos políticos y económicos modernos por excelencia de los que nos beneficiamos, sino también porque la política estaba cambiando al país en ese momento.

Cuando llegamos Trump se encontraba en el comienzo de su épica epopeya para construir el muro. Llevábamos apenas unos días y ya se había decretado el cierre del gobierno federal. Como fue al principio nos afecto más bien poco: hubo un museo federal al que no pudimos entrar. Pero la cosa fue a más. Poco después leí que los controladores aéreos del aeropuerto de New Jersey, desde el que entramos y salimos, estaban trabajando voluntariamente (sin cobrar) y que la gente se turnaba para llevarles comida. También habían dejado de trabajar inspectores de sanidad, de hacienda, la DEA… Puede parecer anecdótico que la gente voluntariamente lleve comida a los controladores, pero hay que recordar que la sociedad americana es una de las mas endeudadas del mundo. En este momento (2018) la deuda familiar ya ha superado los niveles de 2008 y en concreto la deuda estudiantil alcanza la alarmante cifra de 1,5 billones de dólares, es decir, más que el PIB de España.

Otra de las cosas de las que es imposible abstraerte es de que siempre, quien te atiende en cualquier comercio, restaurante o lugar es negro o latino. Bueno, no en todos los lugares.

Los paisajes urbanos

No sé cómo otros fotógrafos lo considerarán pero para mi fotografiar una ciudad es muy parecido a fotografiar un paisaje natural. Técnicamente usas lo mismo: un gran angular, filtros de densidad neutra o degradado y trípode. Buscas un buen fondo y un buen primer plano. Y luego juegas con largas exposiciones, líneas, luces… Lo bueno de Nueva York es que es un museo al aire libre, uno de los más grandes parques naturales del mundo del hormigón, del acero y del cristal. A diferencia de los paisajes naturales, que han necesitados millones de años, esta ciudad apenas se ha construido en 200 años y por ella han pasado muchos de los mejores arquitectos del mundo.

Las siguientes fotografías están tomadas sobre el puente de Tudor City. Las dos primeras están tomadas con el gran angular y vemos el atardecer y el anochecer. El degradado de color que produce el sol, que se pone casi de forma perpendicular por la 42st, me parece maravilloso. Ya de noche monté el tele para sacar el detalle de la aguja del Chrysler con las luces encendidas y con algo de luz todavía en el cielo.

Esta siguiente fotografía está tomada en Central Park. Fue el último amanecer de mi viaje y estaba muy nublado, pensé que no iba a salir el sol, pero al final el viento limpio un poco el cielo. Era una foto arriesgada, porque en vez de enfocar hacia el sol estaba de espaldas a él. Esperaba que el sol pintara las nubes sobre los edificios y conseguir el reflejo sobre el lago Jacqueline. Como puedes ver en la fotografía, el cielo no se iluminó del todo, pero como en esas fechas el sol sale paralelo a las calles justo al amanecer el sol iluminó el edificio “El Dorado” con unos tonos anaranjados maravillosos. Duró apenas 5 minutos, luego, cuando el sol subió, todo se volvió gris.

Llueve, segunda parte

Volvamos al día que llovío. El atardecer parecía estar condenado, las nubes habían bajado demasiado y desde Brooklyn no se veía Manhattan, solo una única nube gris. No llovía, sino jarreaba, y ya tenía todos mis interiores fotografiados y todas las bayetas para secar la cámara estaban chipiadas. Al resguardo de cierta cafetería, Cinta me propuso hacer unas fotos de retrato sobre el puente de Brooklyn. Monté el Sigma 30, la funda antilluvia y allí nos fuimos.

De repente, mientras hacía posar a Cinta con el puente al fondo, vi a través del rabillo del ojo que empezaba a despejarse, se estaban abriendo claros aunque seguía lloviendo. No lo pensé dos veces, empaqueté todo en la mochila, le pedí perdón y corriendo me fui a la localización que tenía prevista. Con la mochila, el trípode y el abrigo corrí hacia un antiguo muelle en Brooklin medio desmontado desde el que se veía Manhattan. Y entonces empezó la magia. Esa magia que había ocurrido en la playa de Azkorri o el amanecer desde Newark o desde la Toscana. Las nubes empezaron a abrirse, quedándose una capa de niebla pegada al mar de apenas un metro de altura. Aunque el sitio es muy visitado por fotógrafos ese día estaba yo solo y una foto así, con lluvia, niebla y nubes… iba a ser irrepetible. Al rato también llegaron Cinta e Iván que con sus cámaras también pudieron rendir cuenta del momento.

Ni siquiera cambié el 30mm por el gran angular, no podía dejar pasar ese momento y, más aún, teniendo en cuenta que por el camino, cómo no, me había perdido y había dado alguna vuelta de más. Estaba sudado por dentro y mojado por fuera, pero daba igual.

Lo cierto es que me pareció un acierto no haber puesto el gran angular, pues el 30mm cierra un poco mejor la escena, evitando que aparezca por la derecha el parque y por la izquierda el fin de la isla y el mar.

Pronto dejó de llover y empezamos a caminar hacia el puente de Brooklyn, para hacer alguna fotografía desde el East River hacia Manhattan.

Humor

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